Caminamos arítmicos, después de discutir y a pesar de todo, nos tomamos de la mano...
Entramos al museo, como a los otros, como tantas veces, que el aire frío y oxigenado que alertó nuestros sentidos. Bajé la voz, vi tu rostro, de inmediato supe que me guiarías, que querías, igual que yo, ver todo con detenimiento.
Vimos los trazos, los seguimos en el sentido que les dió el autor, leímos las cartas, las descripciones todas, me pare a tu costado para oir sin que lo sepas cómo lees para ti en un susurro.
Suspiré, el mágico silencio que nos envuelve me permite oir el latido de tu marcial corazón y caminar a su ritmo, escucho como respiras y espero la mueca que me indique que algo no te gusta, algo no ha convencido a tus sentidos o a tu razón, es mi momento, le tomo la mano, me miras y sabes, no necesito decir nada; - mhmmn- ahí está la mueca y el cuestionamiento, una observación, un "no sé, eso creo yo" que parece que leíste en mi mente.
Me detengo ante los colores necios de una furiosas pinceladas que me distraen de mi ritual al verte, siento la ira del artista, su frustración, la sed de una ansiada muerte, el ácido de su estómago mientras sube por mi garganta, no lo resisto mucho tiempo, y te busco en la sala sin rincones oscuros, me contengo para no correr asustada hacia ti y camino silente, te tomo del brazo, enseguida me sonríes y vuelve a bajar mi pulso "¿que pasa dulce tuis?" -nada, me gusta estar aquí contigo-.
La puerta es solo una invitación a volver, me llevo en el morral un poco de magia, unos minutos de silencio, tus muecas, y me dejo llevar por tu brazo para llegar a nuestro taller de arte en la casa y dejarme pintar por tus manos, esculpir con tu boca, violentarte en mi vientre, danzar entre gritos y respirar tu arte para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario